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Lily Pons en Buenos Aires Año 1931

La soprano francesa y las “internas palaciegas” en el Colón de 1931

Lily Pons
La pieza de mi colección, que deseo compartir aquí, es esta fotografía que fue la utilizada en 1931 para promocionar su actuación en el Colón


Lily Pons fue una muy particular soprano francesa (luego nacionalizada estadounidense) que reinó en el Metropolitan de Nueva York durante 28 años, hasta su retiro en 1959. Su debut operístico se había producido tres años antes en Francia,  pero cuando llegó al Metropolitan  era una artista completamente desconocida, algo inédito para el Metropolitan, pero Lily contaba con el total apoyo de su profesor en Estados Unidos, el tenor italiano Giovanni Zenatello que le dio las llaves. 


Era 1931 y su debut fue con Lucia di Lammermoor ;  el drama de Donizetti le otorgó un éxito inmediato y extraordinario, fue el inicio de una carrera que duraría treinta años y que la llevaría a aparecer en portadas de revistas como Time y a participar en algunas producciones cinematográficas de Hollywood, como “That Girl from Paris” en 1936.


Ese mismo año 1931 de su debut en el Metropolitan visitó Buenos Aires para presentarse en el ColónLa temporada de aquel año no fue bien vista por algunos críticos de la época; la gran sala operística porteña estaba inmersa en una crisis de dirección, un decreto le había otorgado autonomía, su Director General,  era el escenógrafo Max Hofmüller que habló de total renovación y eso desató una “guerra” porque mediadores y comisionistas quedaban fuera y se sucedieron algunas renuncias, por ejemplo, la del escenógrafo Rodolfo Franco alegando “razones de decoro”  La crítica de la época de alguna manera tomaba partido y algunas plumas no veían casi nada bueno en  la programación de ese año; Lily Pons no salió muy airosa del problema y algunos críticos encontraron algunas fallas en su actuación, como el profesor Atilio Torrassa, por ejemplo, que dijo de aquella presentación:

“Otra opera mala cuya inclusión la justifica una cantante , en este caso la soprano francesa Lily Pons. El tenor Galeano Masini, de actuación ineficaz en “La Wally” desafinó también en “Lucía”; Lily Pons, impresionada acaso por el debut, cantó discretamente en el primer acto, falló en el segundo y se impuso en el tercero, en la difícil y absurda escena de la locura, con sus notables imitaciones del tema de la flauta. Este pasaje ocupa casi todo el tercer acto y provocó una ovación. Los anteriores fueron recibidos con aplausos de la “claque” en medio de siseos y algunos silbidos del resto de la sala. En resumen: madia hora de gorjeos de la excelente soprano Lily Pons, acaso la mejor en su cuerda, salvaron de un fracaso esta velada”

Un video de Youtube nos devuelve de alguna manera a Lily Pons con Lucía para que imaginemos aquella noche en el Colón: 


Nuestro teatro nace entre ranchos de indios y mulatos

Teatro de La Ranchería
Breve reseña histórica



Por Roberto Famá Hernández


Dicen que fue un actor español, Francisco Velarde,  el primer empresario teatral en esta orilla del Rio de La Plata; fue él quien le propuso al virrey Juan José de Vértiz y Salcedo la construcción de un teatro.

Velarde se presentó ante el virrey y le dijo que se comprometía a edificar “a todo costo” un coliseo,  al estilo de las mejores casas de comedia de España y le ofreció que el gobierno nombrase a un ingeniero de su confianza para que confeccione los planos y supervise la obra. Entretanto se edifique el teatro, pidió que el ingeniero interviniente le indique un galpón provisorio, con capacidad suficiente y todas las comodidades necesarias, para lo cual se le habría de permitir disponer de un terreno cualquiera junto al mercado de frutos, en la zona de la Ranchería; paraje conocido como tal, que estaba en lo que hoy es Chacabuco,  Alsina, Perú y Moreno, zona ocupada por las viviendas precarias (Ranchos)  de indios de las misiones. Pero los porteños de aquella época no tenían mayor preferencia por el arte teatral y se veían desalentados por las prédicas constantes de los frailes y beatas que consideraban inmorales a los escenarios teatrales, mientras el entretenimiento preferido pasaba por las corridas de toros que se realizaban periódicamente en la plaza de Retiro.

Tanta fue la presión de la Iglesia y de la aristocracia que finalmente el virrey Juan José de Vértiz y Salcedo pese a su deseo nunca autorizó la construcción del gran coliseo,  al estilo de las mejores casas de comedia de España que soñaba Velarde, pero sí le concedió el galpón en la Ranchería que fue inaugurado el 30 de noviembre de 1783.  Era una zona de la Ciudad donde no había alumbrado público, por lo que Vértiz ordenó la colocación de farolas,  para que los porteños no tuvieran excusas adicionales para no asistir al teatro.

El “Teatro de La Ranchería” era un galpón de madera, con techo de paja, con entradas amplias y un corredor junto a ellas La capacidad era reducida; el patio o platea, tenía en su parte delantera varias filas de bancos de pino, muy toscos, con respaldo las dos primeras filas, las demás sin respaldo; los dos reales que se pagaban en “la reja” o sea la boletería daba derecho a un lugar con respaldar, siempre y cuando no se trate de gente de color o mestizos porque a estos les estaba prohibido ocupar bancos. Ya un poco antes de la mitad del patio, detrás del último banco, estaba una especie de corral al que llamaban “el palenque del degolladero” a donde iban a parar los que alcanzaban a pagar sólo un real por su entrada; mayormente negros, mulatos y soldadesca que podían agolparse y gritar a sus anchas desde allí. Había corredores a los costados y un palco grande reservado para el Gobierno. A los costados, en lunetas, había otros palcos y espacios para espectadores de pie y una grada reservada para mujeres.

El escenario era bajo y en la parte superior del escenario se hallaba la frase: “Es la comedia, espejo de la vida” Las bambalinas eran fijas, los decorados eran escasos y al igual que los bastidores, eran hechos sin mucho arte; se dice que para noche o día, salón o cárcel, se usaban más o menos los mismos decorados, al punto que un actor que oficiaba como relator, salía primero a escena y decía: “Estamos en la prisión” “Estamos en palacio” “Es de noche” Las truenos se hacían arrastrando sobre las tablas una bolsa llena de piedras. Todo era precario en escena con un exagerado convencionalismo.
La iluminación era con velas de sebo colocadas al borde de la escena, un brazo a cada costado con varias luces, y del techo del escenario colgaban diversos candelabros y dos arañas con diez velas cada una. El cebo derretido al menor viento caía sobre una especie de plato redondo de latón que se colocaba debajo de cada grupo de velas.

Lavardén
Cuentan diversos cronistas que en el teatro "La Ranchería" debutó en 1788 María Mercedes González y Benavídez viuda y madre de tres hijos, quien debió recurrir a la justicia para poder ganarse el pan sobre las tablas; pensemos que en esa época eran muy mal vistos los actores y más aún si ese arte era ejercido por mujeres. Por eso, el padre de la actriz pidió a las autoridades, a través de un abogado que no se le permitiera actuar. Se aceptó el pedido del padre pero después de seis meses y una serie de apelaciones de una y otra parte, se le permitió actuar. Allí también se estrenó un domingo de carnaval de 1789 la loa “La Inclusa” y el drama principal en cinco actos “Siripo” del poeta y periodista Manuel José de Lavardén, cuyo texto está perdido aunque es considerado una de las piezas primeras de nuestra dramaturgia.  Otra pieza considerada fundacional y que se estrenó en La Ranchería, es: “El Amor de la Estanciera”, sainete de autor anónimo y de ambientación campesina.

“La Ranchería” tuvo sus años de apogeo, sin embargo, hacia  fines 1791, el público comenzó a dejar de asistir, sus obras perdían prestigio y  comenzó a ser alquilarlo para bailes populares, donde se practicaban danzas de mala reputación para los mismos sectores religiosos y conservadores que siempre se opusieron a su existencia; para ellos “la Ranchería” era un antro pecaminoso y execrable y si siempre lo había sido en esos tiempos era peor.

Sabido es que ciertos fanáticos católicos creen que un fuego purificador purga pecados y quizás sea por eso que, un cohete volador disparado desde los fondos de la Iglesia de San Juan de Capuchinos, le dio una luminosa muerte al teatro de “La Ranchería” que se incendió en honor de “San Roque” el 16 de agosto de 1792 día del patrono de los pobres, los enfermos y…los perros.
Para homenajear permanentemente al Teatro de La Ranchería, cada 30 de noviembre, día de su inauguración, se celebra en Argentina el “Día del Teatro Nacional”.

“Colomba” de Jean Anouilh con dirección de Juan Carlos Thorry

¿La Primera vez de Alfredo Alcón sobre un escenario?



Semanas atrás tuve la suerte de coincidir en el hall de un teatro con un querido amigo, biógrafo, periodista e investigador teatral, de muchos años en el oficio, con varios libros publicados, y en algún momento de nuestra conversación le comenté que recientemente había incorporado a mi colección el programa de mano de la primera actuación teatral de Alfredo Alcón: “Colomba” de Jean Anouilh con dirección de Juan Carlos Thorry a mediados de la década del 50.  

No! – Me dijo – Antes de Colomba actuó en teatro bajo la dirección Cunill Cabanellas.
  
Yo sabía que con Cunill Cabanellas había estudiado en el Conservatorio, junto a Ernesto Bianco y otros, pero me lo dijo con tanta seguridad y es tanto el respeto que le tengo que me puso en duda y tratando de investigar al respecto sólo encontré declaraciones de Alcón a dos medios periodísticos diferentes donde él dice haber debutado en teatro con “Colomba” coincidiendo con la primera actuación de Lautaro Murúa en Argentina. De todos modos, si alguien tiene información que refute lo dicho por el propio Alcón que, por favor, me la haga saber. Aquí está el programa de mano de “la primera vez” de Alcón sobre un escenario (Al menos hasta que alguien pruebe lo contrario)



En declaraciones al diario La Nación, hablando de Delia Garcés, Alfredo Alcón dice:  “Yo no trabajé con ella, no soy de su época, pero cuando debuté en teatro con Colomba , de Jean Anouilh, junto con Analía Gadé (por esa época no venía nadie a saludarme al camarín), de pronto escucho que golpean la puerta y era Delia, aquel ser de luz, maravilloso, de una belleza y una delicadeza increíbles. Me felicitó, y ahí pude ver hasta qué punto había gente dispuesta a ser generosa conmigo.”


En otras declaraciones, esta vez a la Revista Mercado del 17-5-79 claramente Alfredo Alcón dice: “En teatro debuté con Analía Gadé en "Colomba", de Anouilth, donde también hacía su debut Lautaro Murúa que recién venía de Chile.”

El otro Eichelbaum

MANUEL EICHELBAUM
Y COMO SE HACE UN SAINETE:



Manuel Eichelbaum (1895-1957) fue uno de los 4 hermanos del dramaturgo Samuel Eichelbaum (autor de Un Guapo del 900 entre otras grandes obras) fue pintor y dibujante, ilustró libros para Jorge Luis Borges y entre otros para su amigo César Tiempo a quién le dedicó un retrato " César Tiempo en el Barrio Judio" pintado en los años 30, que César Tiempo siempre mostraba orgulloso en su casa.

Samuel y César Tiempo formaban parte de los habitúes del café de “la bohemia del ghetto”, donde solía reunirse la intelectualidad judía porteña, ese bar era el “Bar Internacional”, ubicado entonces en la esquina de Pasteur y Corrientes, por la que desfilaban otros grandes nombres como Alberto Gerchunoff, como ignotos actores del teatro hebreo que actuaban o buscaban actuar a pocas cuadras de allí, en el Teatro Excelsior (Corrientes 3224)  o el Teatro Soleil  (Corrientes 3150) como también muchos poetas, escultores y bohemios de la colectividad judía en Buenos Aires

En ese mismo tiempo de los años 30, Manuel Eichelbaum ilustra en el Nº 4 de la Revista Máscaras con una caricatura irónica sobre "Como Hacer un Sainete" ya que se repetía hasta el cansancio la misma estructura argumental éntre los autores de la época y eso queda aquí expuesto claramente con el humor irónico de Eichelbaum.

Hoy por hoy, no hay pintura de Eichelbaum,  por pequeña que sea, que se pueda comprar por menos de $ 20.000.- Esta viñeta, única por su espíritu irónico de Eichelbaum la rescato de un ejemplar de mi colección, quizás el único que haya sobrevivido, del Nº 4 de la Revista Máscaras de Julio de 1931 y que de ahora en más queda a salvo del olvido y que comparto con ustedes desde aquí: 


El Politeama, hoy es un doloroso espacio vacío en el corazón de la escena porteña.

EL POLITEAMA


Por Roberto Famá Hernández

Muchas cosas pasaron en el TEATRO POLITEAMA  y todo fue hace añares,  en  la esquina SE de Av Corrientes y Paraná; Corrientes 1498 para ser exacto. Nada diré del tiempo anterior en que allí funcionó el circo donde los Podestá estrenaron Juan Moreira, no, pero si diré que como teatro comenzó a funcionar en enero de 1879 con un gran baile de máscaras. Esa costumbre de funcionar también como un distinguido salón de baile alternando con obras de teatro, se prolongo durante muchas décadas, principalmente en carnavales,  se despojada la sala de butacas, con grandes orquestas que actuaban para una sala llena, desbordante,  mientras desde los palcos altos se arrojaban infinidad de serpentinas sobre las parejas que ganaban las pistas o sobre alguna muchacha que escondía su mirada. También el Politeama fue elegido por más de 2.000 asistentes para un agasajo al General Roca.
Fue en el Politeama en 1886 donde debuta Sara Bernhardt con “Fedora” (Sardou), actuación que hizo viajar desde Tucumán a Domingo F. Sarmiento apasionado por verla.

Hacia Noviembre 1895 los encargados del bufet del Politeama tienen un hijo, ese pequeño fue durante años una atracción temprana del Politeama ya que a los 6 años podía sentarse al piano y repetir la música que acababa de ejecutar la orquesta; con los años se ganaría la vida como humorista y un artista de variedades sobre el piano y empezó a usar el apodo de Delfy; luego Gardel le grabaría más de 25 tangos y su nombre, Enrique Delfino, es hoy un capitulo enorme en la historia de nuestra música.

En el Politeama fue también donde el Doctor Marcelo T. Alvear escuchó por primera vez la voz de la soprano portuguesa Regina Pacini de la que se enamoró perdidamente y a la que persiguió por toda Europa hasta que ella le dio el sí.

En el Politeama actuaba la orquesta dirigida por el Maestro Santo Discépolo, diplomado en el Real Conservatorio de Nápoles, padre de Enrique y Armando Santo Discépolo, luego serían sus hijos quienes hicieron del Polietama un lugar para su arte.

Fue también en el Politeama, en setiembre de 1902, donde los Podestá estrenaron la comedia de Nicolás Granada “Al Campo” pieza fundante de nuestra dramaturgia.

En 1937 se representó “MAL DE AMORES” una revista musical de Francisco Canaro como director y autor junto a Ivo Pelay


Y no puedo olvidarme de La Diosa de Ébano Josephine Baker, y miles de nombres más que pasaron por su escenario. Pero como dije al principio, todo eso fue hace añares en  la esquina SE de Av Corrientes y Paraná donde a alguien se le antojó que mejor era una playa de estacionamiento y ni siquiera eso, me dicen que construyen un edificio, pero hoy es un doloroso espacio vacío en el corazón de la escena porteña.

Lyda Borelli , la gran actriz italiana en Buenos Aires Año 1914

"La divina Borelli" la mujer fatal del cine mudo actuó en Buenos Aires 


Lyda Borelli , la gran actriz italiana actuó también en Buenos Aires, fue en el legendario teatro Odeón, junto a Antonio Gandusio y Ugo Piperno, del 15 al 31 de julio de 1914 con la obra “Guerra in tempo di pace”. Luego presentó “Salomé” de Oscar Wide en la misma sala y en Setiembre se presentó en el antiguo Teatro San Martin con “pochades francesas y vaudevilles alegres”  (comedias ligeras)  Borelli intenta filmar en Buenos Aires pero por razones contractuales no se lo permiten.  

La pieza de mi colección que hoy publico es el programa de mano del miércoles 22 de julio de 1914 de su presentación en el Odeón con “Guerra in tempo di pace”  




"La divina Borelli" cautivó a millares de espectadores del cine mudo italiano desde 1913 hasta 1918 y construyó una imagen de "mujer fatal" con títulos como Rapsodia Satánica, Fior di male, Malombra, Una noche en Calcuta.


El mismísimo Roberto Arlt la había admirado en cines del barrio de Flores y seguramente pudo verla actuar cuando en 1914 sube al escenario del Odeón, acompañada por Ugo Piperno (que luego en 1917 filmaría junto a Borelli La Storia Dei TrediciI) y Antonio Gandusio el actor italiano de espalda encorvada, cara irregular y voz grave que también alcanzara cierta fama interpretando comedias ligeras y luego dirigiendo obras de Pirandello.

Una semana después de presentarse en Buenos Aires la “Gran Guerra” se desata en Europa y Borelli duda en volver a Italia. Finalmente, en Octubre de 1914 parte hacia España. Al llegar la espera un reportaje  en la revista española EL CINE de noviembre de 1914  donde se lee:



“Se abre una puerta, y aparece una hermosa mujer, con la sonrisa en la flor de sus labios. Es alta sin exageración, de andar reposado, y con ademan suelto. Sobre el nácar de su carne brillan con reflejos de oro las hebras de su cabello. La reja de sus pestañas encierra el misterio de los ojos; enigmáticos ojos que deben saber mirar con amor en trances de ternura y rencorosos, como los del tigre en acecho, cuando la trágica hora de la venganza lo requiere.
Así es la mujer que se adelanta tendiéndome amigablemente la mano; así es Lyda Borelli.

— Perdone si le he hecho esperar,—me dice en correctísimo castellano.

— He nacido, como quien dice, en las tablas, pues toda mi familia forma una pléyade de artistas. El mio padre Napoleone, fue un gran actor dramático… El cinematógrafo en mí, es transitorio. A mi arte, el de la dramática, le tengo mucho amor para abandonarle; se pueden armonizar.

— ¿Cómo fue el dedicarse a la película?

— Primeramente, porque en el cinematógrafo hay un campo sin trillar que es el del verdadero arte. El público está cansado de tanto argumento policíaco. Esa serie de films en que intervienen ladrones de levita; en cuyo transcurso se inculcan y enseñan lecciones de pillería, tienen un sabor insano. ¿Por qué? Yo soy partidaria del drama humano, del que sea posible en la vida… Hasta ahora llevo hechas cinco películas.

— ¿Qué película hizo primero?

— Pero mi amor no muere. Y a continuación: El recuerdo del otro y La mujer desnuda.

— ¿Y en la actualidad?

— La última que he creado es la titulada Rapsodia satánica.

— ¿Tardará mucho en proyectarse?

— No le puedo decir, pero supongo que será pronto, porque sólo falta el poema musical del Maestro Mascagni.

— ¿Ha sido impresionada en América?

— No señor. En Roma.

— ¿Pues no viene usted de la Argentina?

— Si señor, de Buenos Aires; pero allí no he trabajado. Varias casas pidieron permiso a la que estoy escriturada que me consintiera actuar, y ésta, lo negó.

— Luego su labor ha sido teatral.

— Vuelvo muy contenta de la tournée, Figúrese que en el teatro Urquiza de Montevideo ¡me hicieron hablar! Yo creo que esta es costumbre muy americana, porque en Uruguay me sucedió lo mismo.

— ¿Qué arte de los dos que usted cultiva, le parece más difícil?

— Pues a decir verdad, no sé, porque a mi entender son dos artes completamente distintos. Ya ve usted Max Linder; en la película de su género, es insustituible, y en cambio en el escenario no pasa de ser una vulgaridad. Sin embargo, en la cinematografía se lucha solamente con la mímica mientras que en el teatro además de esto se necesita decir bien.

— Y esto mismo ¿no puede ser una ayuda que compense las deficiencias del gesto?

—A veces en lugar de ser ayuda, es estorbo. No lo creo. El público del cinematógrafo, que todavía se puede decir es juguete de niños, suele ser sencillo e ingenuo. En cambio en el teatro, la decoración varía. Ambos artes hablan a las colectividades y hay bastante diferencia de una a otra.

— ¿Que actores de films la parecen mejor?

— Para mi todos son buenos, pero mis simpatías se las lleva Napierkowska, Robinet, Max Dearly…

(¿Y de los españoles?)
— No puedo darle mi opinión, pues si bien conozco a Rosario Pino, Thuiller, Maria Guerrero y Mendoza y tengo de ellos un alto concepto, mis profecías tal vez resultasen equivocadas hablando del cinematógrafo.

— Y de los autores españoles…

— Otra pregunta que no puedo contestar y por la misma razón. He leído algo de Benavente, pero no para formular un juicio.

— Se ve que le gusta leer, estudiar…

— Esa es mi vida, en los ratos libres mi compañero es el libro.

— ¿Y quién mejor? Yo tenía noticias de que se casaba.

— No haga caso. Son rumores que por Italia corren cada dos meses. Por ahora conténtese con saber que no tengo ningún amor. ¡Con lo que me gustaría estar enamorada!

Y al decir esto Lyda eleva sus ojos misteriosos a las alturas y junta las manos como si de sus labios brotase una oración…

— Y bien. Desde aquí ¿adónde irá?

— Pues un mes al teatro Carignano de Torino. Y después quizá descanse un poco en Spezia, mi tierra.

— ¿Le gusta viajar?

— Mucho. Siempre encuentro emociones nuevas. En el vapor que me ha traído a España, en el Regina Elena, venían unos cincuenta alemanes que marchaban a incorporarse al ejército de su nación. Al llegar a Gibraltar, otro vapor inglés abordó al nuestro e hizo prisioneros a todos los subditos del Kaiser. Era una noche en que llovía torrencialmente. Una noche, que perdurara en mis recuerdos con la misma intimidad que el día que en Toledo visité la casa del Greco.
¡Si usted hubiese visto con que serenidad y resignación, aquellos alemanes, pasaban uno a uno por entre las bayonetas de los marinos británicos!
Desde nuestra cubierta les vimos llegar con la gorra en la mano hasta la borda del buque inglés. Y cuando ya sólo distinguíamos un borrón en la superficie del barco, llegó a nuestros oídos la tonada armoniosa, mezcla de salmodia y canción bélica del himno germánico que entonaban los prisioneros. En tanto, el vapor se alejaba, se alejaba… Créame señor Villán; entonces lloré, y ahora, usted lo ve, los ojos se me humedecen, Yo, que no soy ni francesa ni alemana, desde aquel momento reniego de la guerra…

He ahí lectores un corazón de mujer; ya conocéis un alma de artista; ya conocéis a Lyda Borelli.

Se hace una posse: nuestro fotógrafo senor Olalde dispara el magnesio, y un relámpago pone punto a mi grata visita.
Delfin Villán Gil (El Cine, 7 noviembre 1914)



Margarita Xirgu en el Avenida - Junio 1945

Margarita Xirgu
y José Ricardo Morales;
teatro español en el exilio republicano


 Por Roberto Famá Hernández
Miembro de la Asoc. Arg. de Crítica e Investigación teatral

A la  pieza de mi colección que hoy quiero compartir, la considero un emblema del teatro español en el exilio y es el programa de mano de la obra “El embustero en su enredo” del dramaturgo español José Ricardo Morales interpretado por Margarita Xirgu en el teatro Avenida en junio de 1945.

Autor e intérprete, ambos “desterrados” republicanos en Chile, estrenaron esta obra el jueves 11 de mayo de 1944 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile y luego aquí en Buenos Aires, en esta temporada del Avenida.  Vale entonces recordar, que para los artistas españoles republicanos, el destierro no fue sólo físico, sino también literario; durante y después de la Guerra Civil Española sus palabras se acallaron y pocos, muy pocos, lograron vencer la mordaza franquista dentro y fuera de España. Lo cierto es que ninguno salió airoso del régimen y fue, precisamente José Ricardo Morales quien decía que, bajo el régimen franquista, a los artistas le quedaban sólo tres categorías; la de “enterrado” como García Lorca, la de “desterrado” como se consideraba él y la de “aterrado” que le cabía a todos aquellos que bajo el régimen permanecían en España.

Xirgu y Morales se conocieron por gestión de Arturo Soria quien le dio a Margarita Xirgu a leer “El embustero en su enredo”. Ella ya era una artista consagrada de 56 años, el un joven de apenas 29. La obra le gustó tanto a la gran Xirgu que en seguida quiso conocerlo para concertar el estreno inmediato de la pieza. Y fue sólo el principio; enseguida Xirgu le rogó que se diera a trabajar en una adaptación de La Celestina para llevarla a la escena. Es que ambos se necesitaban para romper la mordaza del exilio y seguir haciendo teatro español. Aquel primer trabajo juntos lo recuerda así José Ricardo Morales en el libro “Margarita Xirgu en el destierro”

“Cuando puso en escena mi primera obra extensa, El embustero en su enredo, al efectuar los ensayos en el antiguo Centre Catalá de Santiago de Chile, indefectiblemente me preguntaba si estaba bien resuelta determinada situación o si algún personaje era el que debía ser. Su modestia era plena, tan absoluta que contrastaba decididamente con la actitud de algún director que haciéndose cargo de otra obra mía, tan sólo deseaba que el autor brillara por su ausencia o, si fuera posible, permaneciese para siempre bajo losa fría… Recuerdo que en aquellas ocasiones —eran mis veinte años— solía decirle: “Tú sabes infinitamente más que yo de teatro y eres la que decide”. “No —replicaba Margarita—, tú eres el autor y conoces muy bien qué pretendiste hacer en este punto”. Después, por cierto, al resolver la situación como tan bien sabía, la escena resultaba sorprendente y el primer sorprendido era el autor”

José Ricardo Morales también llegó a decir de Margarita Xirgu:  


“no fue sólo actriz de obras sino que lo fue de autores. Aún más, aunque parezca excesivo, fue autora de autores y, sobre todo, de autores vivos, dándoles autoría y haciéndolos surgir del limbo oscuro en que los mantuvieron sus coetáneos, diferenciándose así de quienes recurrían a la obra acreditada, para operar sobre seguro y obtener fácilmente el éxito asegurado”





Quiero cerrar en homenaje a los desterrados, los enterrados y los aterrados por el franquismocon con una frase que le pertenece también a Morales.

“Yo creo que el destierro español ha sido la malversación de talento más grande que se haya producido en ningún país del mundo”  

Frank Brown y el centenario de 1910

Frank Brown
y el honor de la patria civilizada.



Por Roberto Famá Hernández
Miembro de la Asoc. Arg. de Invest. y Crítica Teatral

Nuestro teatro no nació de Calderón ni de Moliere, tampoco de Shakespeare, sino de las arenas del circo levantado con lonas y maderas por los hermanos Chiarini, los hermanos Amato, el de Pablo Rafetto, el Podestá-Scotti o el de Anselmi  o el de aquel acróbata y payaso llamado Frank Brown, que abandonó su Inglaterra natal para navegar por más mares que cualquier marinero. Y así lo hizo hasta llegar a Buenos Aires, donde vivió más de 60 años y donde murió. Un artista que ganó mucho dinero y que también lo perdió en grandes cantidades. Generoso y desprendido colaboraba con quienes se lo solicitaban, entre sus cuadernos de recortes se encontraron muchas cartas de agradecimiento. En 1898, en Rosario colaboró dando varias funciones a total beneficio de la “Liga Patriótica” que quería comprar un buque de guerra para el Estado Argentino.

Su circo, el Hippodrome, estaba ubicado en Corrientes y Carlos Pellegrini, fue el lugar donde grandes y chicos encontraban emociones, risas y caramelos que el mismo Frank Brown repartía entre un ensordecedor griterío de los pequeños admiradores: ¡Aquí, Frank! ¡Aquí! Y Frank vaciaba bolsas de caramelos arrojándolos por puñados a su platea.
Cuando en 1910 el país se preparaba para los festejos del centenario con la visita de grandes personalidades, Frank Brown quiso sumarse con lo mejor que podía dar;  su circo. En un baldío de la calle Florida levantó otra carpa; más grande aún que el Hippodrome, de lonas y madera para que el mundo pudiera verla, pero demasiado cerca del Jockey Club. A la aristocracia patricia le pareció que esa barraca era una muestra de la Argentina incivilizada,  algo que había que evitar, no podía ser que se viera ese mamotreto cuando la ciudad ya tenía su teatro Colón. Frank Brown se negó a retirarla y de semejante ultraje a la arquitectura de la “parisina” Buenos Aires, se ocuparon las llamas. Seguramente esas mismas manos incendiarias se extendieron alguna vez esperando los caramelos del gran payaso, pero eso no importó, tampoco sus aportes a la "Liga Patriótica"; se había purificado con fuego el honor de la patria civilizada.

        
¡Frank Brown estás viejo!

¡Frank Brown tan arrugado!
Yo siento por ti la maldad del espejo.
¡Maldito maquillaje! ¡Ese carmín está pasado!
Frank Brown eres un fuelle demasiado gastado,
Un juguete que ha caducado.
Mira, si yo pudiera suplantarte,
Llenara el Hippodrome con mis ágiles muecas
-y con Shimmys y tangos y zamacuecas-
-al mismo tiempo haciendo por imitarte-
para hacer reír a un niño, que es tan noble misión,
haría de mi alma una matraca,
de mi entusiasmo una faca,
de mi poeta un clown,
y una serpentina de mi corazón.

 RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

a los veteranos del circo

Un teatro que ya nadie recuerda


“Teatro De La Alegría”




Por Roberto Famá Hernández

Miembro de la Asoc. Arg. de Invest. y Crítica Teatral


Si al caminar por la calle Chacabuco al 100 le parece oír un lejano sonido de aplausos, que como una brisa fría estremece y pasa, le sugiero que se detenga un momento frente al número 170.

Ahora, si los duendes lo quieren y abre su imaginación, verá que en esos 15 metros de frente, hay tres grandes puertas de entrada y, detrás de ellas, un muy lujoso salón.

Entre la puerta principal y las laterales, fíjese bien, mire, entre las dos columnas a la derecha y entre las otras dos a la izquierda, están las carteleras del hoy olvidado Teatro De La Alegría, y si alcanza a leer bien, podrá ver que allí se presenta, por ejemplo, algún concierto, comedia o alguna zarzuela y a continuación encontrará una detallada descripción de quienes son los tenores, barítonos, sopranos, bajos y actores cómicos que la representan; siempre encontrará primeras figuras, artistas consagrados que quieren actuar en uno de los teatros más lujosos de la Buenos Aires de 1870.

Levante ahora la vista y en el piso superior verá tres ventanales y un largo balcón precedido por una artística reja de hierro forjado. Detrás de esos ventanales hay nada menos que 150 palcos en dos hileras y 300 tertulias.
Ingresando al salón principal podrá encontrarse con lo más destacado de la sociedad porteña; el General Mitre rodeado de hacendados, u otros políticos, o intelectuales y poetas como Guido Spano que acude para aplaudir al renombrado tenor Ernesto Rossi,  que debutó allí el 6 de octubre de 1871 con el melodrama francés "Los dos sargentos” y se mantuvo con éxito total, agotando cada noche las 900 localidades, hasta el 7 de noviembre.



En la Buenos Aires de entonces el alumbrado callejero a gas, como el que vemos aquí, junto a la entrada del teatro, no era bueno y mucho público prefería el horario de tarde para asistir a las funciones del Alegría; y entonces, que no le llame a usted la atención la gran cantidad de damas que asisten a las funciones, es que es el lugar de moda, ideal  para lucir joyas y usar los entreactos para hacer tertulias con quienes conviene hacerlas. Si es Carnaval, las señoras y señores asisten con sus honestas hijas, cubiertas ellas, claro está, por algún vistoso antifaz. Los jóvenes pueden alquilar un palco por 60 pesos, arrojar desde allí coloridas serpentinas mientras suena la orquesta, y si la suerte acompaña y la ondulada serpentina resulta correspondida con una sonrisa, en el salón principal, podrán bailar con alguna señorita frente a la mirada atenta de la familia, hasta casi las 4 de la madrugada.

Usted, si lo refiere, puede comprar un abono para 30 funciones en tres turnos por 100 pesos por un palco,  o por 10 pesos una platea o una cazuela para las damas, pero si lo que usted quiere es una buena ubicación “especial” hable con Montes, el boletero encargado, que con tres días de anticipación, puede reservarle la mejor ubicación, que está al tanto de quién ocupa tal o cual palco, a quien le convendrá a usted conocer y Montes puede hacer que coincidan para compartir una interesante tertulia.


La primera huelga en la República Argentina fue la de los obreros tipográficos que se inició el 2 de setiembre de 1878. En esa época existía la Sociedad Tipográfica Bonaerense que funcionaba como una mutual y fue la entidad que convocó a esa primera huelga en el país, el punto de reunión fue en el Teatro de La Alegría, más de 1.000 huelguistas se manifestaron allí.


Adelaida Ristori
El Presidente Sarmiento asiste al Teatro  De La  Alegría para disfrutar una función teatral de la renombrada diva italiana Adelaida Ristori, después Marquesa del Grillo, quien se lució, entre otras obras, con "María Estuardo" y luego de la representación Sarmiento la saluda y le dice: “Ya tuve el gusto de verla en Nueva York”, a lo que la actriz le responde: “Sí, señor Presidente. Lo he visto varias veces en las primeras filas de la platea”. Y Sarmiento agregó: “Lo siento, porque me habrá visto llorar como un tonto...

Muchos otros nombres de obras consagradas y de grandes artistas fueron fervorosamente pronunciados en el Teatro La Alegría; podríamos hacer hoy una larga lista, Carolina Civili Palau, Rita Carbajo, Leopoldo Baron, Hernán Cortés, Joaquín de la Costa, Luis Cubas, Antonio M. Celestino, Joaquín Cuello… Pero ya no nos dicen mucho, aunque en su tiempo constituyeron éxitos increíbles; el público del Alegría obsequiaba a sus artistas preferidos con flores, álbumes, medallas de oro, guirnaldas y hasta joyas de gran valor.

Luego otros teatros fueron quedándose con el público y con los artistas; los dueños de la sala fueron cambiando, perdió brillo la cartelera y el 12 de julio de 1885 con dos comedias: "Amor de madre" y "Dimes y Diretes" a total beneficio del Asilo de Mendigos, el teatro La Alegría cerró definitivamente sus puertas y en 1909 fue demolido. Pero son varios los que aseguran que al caminar por allí, les parece oír un lejano sonido de aplausos, que como una brisa fría estremece y pasa.